Machu Picchu, monumento imperecedero de la cultura Inca




Alfredo S. Flores / @alfredofloresp


Faltaba poco para llegar. Habían pasado tres días desde que el rey “Inca” Pachacutec, acompañado por su séquito, había iniciado la acostumbrada travesía de verano desde la capital incaica, Cusco, hasta Llaqtapata (Nombre original de Machu Picchu), la ciudad santuario que se coronaba como una de las capitales espituales del Tahuantinsuyo, el más grande imperio que hubo en América antes de la llegada de los europeos.


Era un convoy humano de militares y sirvientes quienes acompañaban al gobernante en cada viaje que hacía a su lugar preferido de descanso. Sin embargo, quienes tenían un puesto privilegiado en su compañía eran los artífices que dirigían la construcción estructural de todos los caprichos del rey: los arquitectos.


Su capacidad creativa para desafiar a la naturaleza era de admirar; pese a no tener alfabeto, la cultura incaica dominaba las matemáticas y conoció el uso del número 0 antes que la civilización occidental. Sus métodos de cálculos, mediante el uso de Quipus (Conjunto de nudos atados a cuerdas), sirvió cual calculadora, para poder lograr erguir construcciones con una simetría y perdurabilidad inimaginable.




En la cima de la montaña


Había que subir una serie de escaleras de piedra antes de llegar a la ciudad sagrada, que disponía ya, para aquel entonces, un área edificada de 530 metros de largo por 200 de ancho. Estaba posada en un istmo entre dos montañas, justo en la cima, con más de 170 recintos y desafiando una importante falla que ha batido varias veces a lo largo de la historia con sismos la región andina.


Al llegar a la ciudad, el séquito no podía dejar de apreciar con impresión el lugar, sobre todo los que lo visitaban por primera vez. El cuerpo de técnicos, en cambio no. Sabían que con las matemáticas aprendidas de manera oral, al pasar de los siglos, aquella estructura no era una obra de magia, ni fruto de un milagro divino; había sido hecha por la mano del hombre, concebida primero en sus cabezas y luego traducida mediante el cálculo y la disciplina técnica en estructuras reales de roca picada.


Drenajes ante la corrosión


Los técnicos tenían un secreto para que aquella estructura pudiera resistir los embates del tiempo y la impiadosa lluvia de la selva peruana; un sistema de drenajes que consistía en capas de grava (piedras trituradas) para evitar el empozamiento del agua de lluvias. Había en total 129 canales de drenaje, diseñados para evitar salpicaduras y erosión, desembocando en su mayor parte en el principal desagüe de la ciudad llamado "foso", que separa el área urbana de la agrícola.


Se calcula que el sesenta por ciento del esfuerzo constructivo de Machu Picchu estuvo en hacer las cimentaciones sobre terrazas rellenadas con grava para un buen drenaje de las aguas sobrantes.




Sitio de descanso espiritual


Mientras el rey tomaba su acostumbrado descanso y cumplía con su obligado culto en el templo religioso del complejo: la pirámide donde estaba la roca Intihuatana (punto de adoración a Inti, dios sol), los arquitectos cumplían con sus labores de dirección y construcción. En aquella época también se hacían con la función de ingenieros, y la cumplían con empeño cabal.


Al finalizar su trabajo regresarían a la capital imperial, donde se dedicarían sin descanso en otras funciones y el Inca volvería continuar con sus labores de gobierno.


Aquel verano del 1471 aproximadamente Pachacutec falleció y su hijo Túpac Inca Yupanqui pasaría asumir el dominio de los cimientos. Este sería sucedido por el soberano Manco Cápac, quien al no dejar heredero provocaría, sin querer, la escaramuza de sus dos hijos por el trono: Huáscar y Atahualpa, hecho que coincidiría con la llegada de los españoles y facilitaría la conquista.


Según los historiadores fue Manco Cápac el último Inca vacacionó en el santuario espiritual construido por el imperio, cuya existencia sería borrada por el olvido durante varios siglos y la naturaleza intentaría desaparecer con voracidad, sin embargo, la corrosión de los años puso a prueba el talento de los arquitectos incas.


Pasarían siglos antes de que los ojos del mundo volvieran a apreciar esta maravilla escondida en la selva. En el año 1911, el explorador Hiram Bingham redescubrió la majestuosa ciudad precolonial, donde los pobladores originarios iban a buscar piedras para sus quehaceres y que en quechua llamaban la “Montaña Vieja” (Machu Picchu).


[ Modificado: martes, 28 de agosto de 2018, 15:51 ]